El maravilloso exceso de los carteles de Ghanawood

No hace falta haber visto una sola película de Ghanawood para disfrutar de sus carteles. De hecho, casi mejor llegar virgen. Porque existen pocas experiencias visuales tan satisfactorias como intentar descifrar una ilustración en la que un demonio con ojos de fuego comparte espacio con una serpiente gigante, un bebé poseído, una cabeza flotante, tres explosiones y un hombre convertido en cabra. Cuanto más la miras, menos probable parece que todo eso pertenezca a la misma película. Y, sin embargo, ahí está.

Los carteles pintados a mano del cine popular de Ghana y Nigeria llevan décadas circulando por internet como pequeñas obras maestras del exceso. Pero casi siempre lo hacen asociados a las versiones africanas de grandes éxitos de Hollywood. Lo que Ghanawood V.O. propone ahora es mirar hacia otro lugar: el de las películas locales para las que realmente fueron creados.

El libro, editado por Cinecutre.com —la web responsable del festival madrileño CutreCon—, reúne 114 carteles pintados entre los años noventa y la primera década de los 2000. Todos reproducidos en alta definición, acompañados de comentarios con el mismo humor con el que fueron seleccionados y, en algunos casos, incluso de códigos QR que permiten ver las películas originales. Porque sí, algunas existen. Y sí, a veces son exactamente tan delirantes como promete el cartel.

Lo más fascinante de estas ilustraciones es, posiblemente, su absoluta falta de moderación. Aquí se impone la filosofía contraria al consabido menos es más: «si cabe otro demonio, mételo». Y, aun así, nada resulta gratuito. Los carteles nacieron con la misión de convencer a alguien, de un simple vistazo, de que merecía la pena entrar a ver esa película. No competían con algoritmos ni con campañas multimillonarias, sino con la calle. Había que captar la atención inmediatamente. Y lo conseguían.

Detrás de esa aparente locura hay además autores con una personalidad muy definida. El libro identifica a la mayoría de los pintores y dedica espacio a algunos de los más representativos, como Leonardo, probablemente el más prolífico de todos; Mr Brew, capaz de mezclar terror, caricatura y humor en una misma composición, o Awall Sunil Shetty, especialista en convertir cualquier escena sobrenatural en un festival cromático.

«La intención no era realizar un catálogo exhaustivo, sino seleccionar los carteles que llevan más lejos la exageración, la imaginación y el impacto visual», explica Carlos Palencia, director de CutreCon y responsable de la selección. «La comicidad surge muchas veces de la acumulación de amenazas, criaturas, transformaciones y escenas imposibles dentro de una misma imagen, pero detrás de ese exceso también hay artistas con estilos propios y una enorme capacidad para captar la atención».

El recorrido incluye joyas como la saga Diabolo, la popular Blood Money o End of the Wicked (1999), una de las pocas producciones que consiguió cruzar fronteras y convertirse en película de culto fuera de Nigeria. Pero, en realidad, los títulos son casi lo de menos. Lo que termina atrapando es comprobar hasta qué punto estos carteles construyen un universo paralelo donde todo parece estar ocurriendo al mismo tiempo y con el volumen siempre al máximo.

Quizá por eso siguen resultando tan irresistibles décadas después. No solo porque sean extravagantes o porque despierten una sonrisa, sino porque recuerdan una época en la que un cartel todavía podía permitirse exagerar sin pedir perdón. Una época en la que la imaginación no tenía que parecer verosímil. Solo tenía que conseguir que alguien se detuviera a mirar. Y, si era posible, que entrara al cine. En eso, pocos han sido tan eficaces como estos pintores ghaneses y nigerianos.

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Patrick Thomas

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