El chiste es el humor prêt-à-porter. La ocurrencia prestada que pasa de una persona a otra sin que ninguna de ellas la haya creado.
Es la gracia de los sosos. El ingenio de los aburridos. El motivo por el que esa gente sin imaginación cuenta chistes.
Solo existe una excusa para contar un buen chiste: que venga a cuento. Es decir, que se integre en una conversación y la realce haciéndola más divertida y memorable.
Pero lo cierto es que durante mucho tiempo el chiste jugó un buen papel. En especial, como mecanismo de escape en sociedades muy reprimidas. En Alemania se contaban chistes sobre Hitler; en Rusia sobre Stalin; en España sobre Franco.
También había chistes atrevidos, picantes, verdes o guarros (según el nivel) para contrarrestar la represión sexual dominante.
Con el declive de las grandes dictaduras y la llegada de la libertad sexual los chistes perdieron su razón de ser (ahora no se cuentan chistes sobre Iglesias, Torra o Casado). Daba la sensación de que el humor prestado había concluido y que el ingenio regresaría a su lugar de origen. Es decir, a la pluma de los comediantes.
No es casualidad que los Monty Python, en su famoso vídeo El chiste más gracioso del mundo, terminasen con la imagen de un monolito en la que se encuentra enterrado el último chiste que te mataba de risa.
Pero entonces, a modo de salvavidas, aparecieron los memes.
No me refiero a los memes que acuñara Richard Dawkins en su libro El gen egoísta sino a esos otros, mucho más prosaicos, que compartimos todos los días en las redes sociales.
Como en tantos otros temas, internet mata o resucita. En este caso, ha resucitado los chistes reencarnándolos en forma de vídeos, cómics, audios, textos y toda clase de imágenes caracterizados, fundamentalmente, por el hecho de ironizar con algún asunto reciente.
Pongamos un ejemplo: la exhumación de Franco de su tumba en el Valle de los Caídos. Si todavía viviéramos en la época de los chistes, estos jamás hubieran alcanzado la cantidad, inmediatez y difusión que hemos visto en las redes sociales. Unas redes que han regresado a la estructura tradicional de los chistes (pocos los crean, muchos los difunden), pero con unas magnitudes hasta ahora inimaginables.
La diferencia está en que los memes no se cuentan, tan solo se reenvían. Es decir, nuestra aportación consiste tan solo en presionar una tecla del smartphone.
Gracias a la enorme capacidad de transmisión de la tecnología digital, hemos pasado de la palabra objeto (el chiste) al objeto palabra (el meme). Pero pagando un precio por ello: ya no somos los actores del humor prestado.
Las redes sociales se han adueñado de muchas palabras cotidianas desnaturalizando con ello su significado anterior: amigos, seguir, gustar, compartir…
Veamos el caso de esta última: en las redes sociales no compartimos sino que repartimos un material que nos llega desde el cielo y al cielo regresa sin apenas afectarnos.
El chiste, con todas sus limitaciones de humor prestado, al menos sí se compartía, puesto que la única forma de transmitirlos era contándolos.
Pero el chiste ha muerto. Y con él una forma de humor popular (y muchas veces populachero) que nos servía de conexión, divertimento, medicina y terapia.
Que el último chiste, el que jamás quisieron contarnos los Monty Python, descanse en paz bajo las verdes praderas del monolito de Berkshire.