En el Palacio de Gaviria de Madrid se muestra estos días un Dalí menos conocido. Es el que, a partir de los años 70, decidió que sus obsesiones no cabían en un lienzo y empezó a darles forma en el espacio. Dalí Infinito propone entrar en ese momento en el que su inmenso imaginario se vuelve tridimensional y, de paso, más físico, más raro y más difícil de domesticar aún.
La exposición reúne 14 esculturas procedentes de la colección Clot, junto a dibujos, óleos y obra gráfica, y funciona como una radiografía tardía del artista. Este no es el Dalí joven que escandaliza ni el icono pop que todos reconocen, sino uno que mezcla sin complejos mística, física nuclear, literatura y autobiografía emocional.
Ese movimiento del lienzo al volumen también le sirvió al artista para comprobar hasta qué punto sus ideas podían ocupar espacio real. «Cada escultura constituye un ejercicio de virtuosismo que subraya la versatilidad de un artista que nunca dejó de explorar nuevos medios de expresión», explica la comisaria Rosa Perales Piqueres.

El propio Palacio de Gaviria intensifica el efecto de la muestra. Recién rehabilitado, el edificio deja de ser un simple contenedor para convertirse en contrapunto. Su barroquismo decimonónico —techos ornamentados, salas cargadas de historia— parece, en principio, chocar con el simbolismo inquietante de las piezas. Y, sin embargo, en lugar de anularse, ambas partes se tensan y encuentran un equilibrio inesperado y sorprendente.
El Dalí de siempre, pero de otra manera
En la exposición del Palacio de Gaviria aparecen los temas dalinianos de siempre, pero de manera diferente: los elefantes que ya no caminan, sino que parecen sostenerse en una lógica paralela, o las referencias religiosas en las que lo espiritual se mezcla con lo científico. En esta etapa, Dalí se obsesiona con la descomposición de la materia, con la idea de que todo puede fragmentarse y recomponerse, y esa intuición —a medio camino entre la física y el delirio— acaba infiltrándose en su iconografía.
El recorrido está organizado en bloques que funcionan como puertas a los distintos universos del artista —religión, ciencia, literatura, Mediterráneo—, con un hilo invisible que lo atraviesa todo: la necesidad de entender el mundo desde lo simbólico, aunque eso implique tensar la lógica hasta romperla. Incluso Dante o don Quijote aparecen aquí no tanto como referencias culturales, sino como aliados en ese intento de explicar lo inexplicable.

La exposición también deja ver algo del Dalí que mira hacia fuera. El que dialoga con la tradición, con los clásicos, con la literatura, pero también con su propio entorno. El Mediterráneo, el Ampurdán, las formas del paisaje que le acompañaron toda la vida, reaparecen aquí como un fondo constante, casi como una estructura mental sobre la que se construye todo lo demás.


Y luego está Gala. Aquí no como musa, sino como sistema de orden. El centro emocional que convierte el exceso en algo legible. En muchos sentidos, es ella quien sostiene la arquitectura invisible de la obra de Dalí: la figura que permite que todo ese imaginario no se desborde del todo.

A todo este relato se suma, además, la mirada del fotógrafo Jacques Léonard, que aporta una versión más cercana del artista. Menos personaje, más cuerpo. Menos mito, más rutina.






