De cómo el día más triste del año ha terminado siendo una de las ideas más felices del marketing

Cada mes de enero el calendario económico se ralentiza. Las luces navideñas se apagan, los presupuestos familiares se ajustan y los comercios observan cómo el entusiasmo de consumo se transforma en prudencia. En ese escenario y en la llamada cuesta de enero emerge el Blue Monday, una fecha que se ha convertido en una de las herramientas emocionales más rentables para las marcas. Y esa es, quizá, su mayor ironía.

Lo que comenzó en 2005 como un hallazgo difundido en una nota de prensa vinculada a una agencia de viajes y amplificada desde el mundo de la comunicación más que desde la ciencia, ha terminado convirtiéndose en un fenómeno global. El Blue Monday se popularizó en un momento en el que era palpable el bajón emocional de enero: los gastos acumulados, el regreso a la rutina, los días cortos y el clima frío. No hacía falta una ecuación para que resonara. Lo brillante de la idea no fue su rigor, sino su capacidad para poner nombre a una emoción colectiva.

De esta forma, surgió el relato del día más triste del año, como respuesta a un contexto económico afectado por fluctuaciones estacionales. Y así fue como la propuesta conectó con el imaginario social y abrió una nueva puerta para activar al consumidor en un mes dominado históricamente por la contención.

Desde entonces hasta ahora, el Blue Monday se ha consolidado como una táctica comercial transversal: moda, tecnología, bienestar, ocio, belleza, alimentación… Sectores muy distintos han entendido que esta fecha es una oportunidad para lanzar un mensaje que el consumidor quiere escuchar: aunque enero sea gris, puedes darte un respiro.

Y el propio nombre no es casual: el azul funciona como código cultural de melancolía (feeling blue), pero también como recurso de marca. En psicología del color aplicada al marketing, el azul se asocia con confianza, calma y seguridad, de ahí su presencia constante en sectores donde la credibilidad es clave. Esa doble lectura, tristeza y refugio, hace que la etiqueta sea especialmente útil: describe el ánimo y, a la vez, sugiere la salida.

Ahora bien, aquí está el matiz más importante: las marcas no viven solo del precio, pero tampoco pueden vivir al margen de él. El Blue Monday muestra que, además de una oferta competitiva (descuento, pack, financiación o beneficio tangible), hace falta un discurso que toque el ánimo y dé sentido a la compra. No se trata de sustituir una palanca por otra, sino de combinarlas con intención: promesa y prueba.

Y esto no es solo teoría. Por ejemplo, un informe de Gelt basado en más de 35.000 tickets analizados del Blue Monday de 2025 señalaba que en España las compras asociadas a microcaprichos se dispararon, precisamente bajo la lógica del alivio emocional. Es decir: el contexto emocional no reemplaza al incentivo, sino que lo potencia.

La popularización del Blue Monday pone de manifiesto que las decisiones de compra se han vuelto más emocionales y vinculadas al bienestar personal. Así, en un mercado donde casi todos los productos y servicios encuentran sustitutos, lo que marca la diferencia no es únicamente el precio o la funcionalidad, sino la capacidad de una marca para alinearse con el estado emocional del consumidor. Y esto es, precisamente, una de las ideas que más debemos repetir a los alumnos de marketing: la propuesta de valor no se sostiene solo con ‘lo que vendo’, sino con ‘por qué me eliges’, y ese ‘por qué’ se construye con segmentación, insight, posicionamiento y coherencia entre producto, precio, distribución y comunicación (las famosas 4P, bien aterrizadas). Cuando esa coherencia existe, el mensaje deja de ser decorativo y se convierte en rendimiento.

A diferencia de otros hitos promocionales globales como el Black Friday, el Single’s Day o el Cyber Monday, esta fecha nació para explicar un sentimiento (aunque su origen sea discutido y su fórmula haya sido ampliamente cuestionada). En esa verdad emocional, más que en la científica, reside su valor estratégico: no exige necesariamente transformaciones profundas, pero sí sensibilidad para entender cómo se siente la audiencia y adaptar la comunicación a ese clima.

El resultado es una fecha de alto impacto simbólico que permite a las marcas revitalizar la conversación con sus consumidores, reforzar su presencia y activar pequeñas decisiones de compra que, en un mes de baja actividad, se vuelven especialmente valiosas.

En definitiva, el Blue Monday es la prueba de que las marcas que saben escuchar, interpretar y transformar emociones pueden ir más allá de las fluctuaciones del mercado. Pueden convertir un día gris en una excusa azul para conectar… y, con una propuesta de valor sólida detrás, traducir esa conexión en resultados. Porque, al final, el Blue Monday no es realmente un día triste, es un recordatorio de que la economía también se mueve por lo que sentimos, y que las marcas capaces de comprenderlo no solo sobreviven a la estacionalidad, la transforman.

 

José Manuel Martín, director del máster universitario de marketing digital de la Universidad Alfonso X el Sabio.

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