El artista que jamás gastó la punta a sus miles de colores

Cuando el artista colombiano Federico Uribe (Bogotá, 1962) va a realizar una obra, compra “muchos más de 15.000 lápices de colores”. “Tardo un mes y algo en realizar cada una”, afirma. Cuando termina, no le ha gastado ni un poquito de punta a ninguno de ellos.

Uribe es un tipo de palabras sencillas, voz bajita y paciencia infinita. Si se le pregunta que a qué se dedica, en vez de soltar una perorata, contesta: “Construyo cosas con otras cosas”.

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Estudió arte en la Universidad de los Andes (Bogotá) “pero no tengo la habilidad de pintar, vamos, al menos nunca fui un virtuoso de la pintura”, confiesa sin remilgos. “Lo que sí me gustaba era la artesanía, porque desde pequeño había ayudado a mi abuelo con trabajos manuales. Él hacía riendas para caballos”.

En esas manualidades centró años más tarde sus aspiraciones artísticas y un día, “juntando mamillas de biberones”, se dio cuenta de que había creado una obra. Desde entonces no paró de juntar. Juntó balas, zapatos, tornillos, pelotas de ping pong, cordones, corchos, cables “y cualquier cosa que cayera en mis manos”, resume. Hasta supo dar forma a una bola del mundo a base de soldados.

Hace cinco años, a Uribe le ‘cayeron en las manos’ por primera vez los lápices de colores. Cientos de miles de ellos. Pero lejos de volver a probar suerte en su faceta de ilustrador, decidió seguir con sus collages 3D y les dio a los lapiceros el mismo fin que al resto de los objetos de su muestrario.

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“Con ellos he trabajado con un par de técnicas que me inventé. Puedo decirte que para colocarlos en mis obras los clavo uno a uno, con clavos, pero no te puedo decir en qué consisten exactamente las técnicas porque me he encontrado con gente que imita mis creaciones”.

Su penúltima colección, Color Construído, mezclaba el color en plano e imágenes en tres dimensiones hechas con los grafitos; ya se aventuró en su día a hacer esculturas con los lapiceros; y la serie que acaba de comenzar, para la cual lleva dos piezas terminadas y con la que inaugura técnica, se tratará de “tapices hechos enteramente con ellos”.

Cuenta que sus motivos son siempre personas o “elementos relacionados con la naturaleza”,  que para alguna obra llegó a utilizar más de 80.000 colorcitos y que eligió trabajar con lápices de colores “porque tienen una memoria amable para todo el mundo”. “Por muy miserable que haya sido tu infancia, los recuerdos en los que estabas utilizando lápices de colores son buenos. Por eso elegí trabajar con ellos. Porque me gustan las cosas buenas. Las cosas positivas”.

Sorpresa

 

MIEDO

La Ventana

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La Caricia

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El Grito

Antes y Despues

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