Si a Holly Farrell le pidieran definir la nostalgia, seguramente que, en lugar de utilizar las palabras, recurriría a sus propias pinturas. Allí, en los lienzos que pinta, encontraremos retratada la melancolía y la vista tranquila de todo lo que nos recuerda al hogar, ese lugar al que, inevitablemente, volvemos al pensar en los nuestros.
Esta pintora canadiense, más que bodegones, hace retratos. Cuencos desconchados apilados unos sobre otros; trapos de cocina usados que cuelgan en solitario de una pared de azulejos setenteros; unos viejos zapatos que han caminado mil senderos; libros colocados sin orden aparente en una estantería con su cubierta curtida en mil lecturas… Detrás de cada uno de esos objetos viejos, ajados y enormemente evocadores por mostrar en su piel el paso del tiempo se esconde una historia, el retrato simbólico de quienes los poseyeron.

‘Phone’, 20 x 14 inches, acrylic and oil on board, 2020
«En cada una de mis obras veo indicios de un pasado dedicado a una o más personas, y, a menudo, a más de una generación; y para mí, volver al pasado resulta más fácil al observar las cosas, esas cosas cotidianas que han marcado nuestra vida diaria y la de quienes nos precedieron. Lo cotidiano es lo que me sirve de punto de referencia. Lo cotidiano es lo que pinto», responde tratando de explicar su fascinación por estos objetos.
Farrell se siente atraída por esas «cosas antiguas y familiares». «Me gusta que los motivos que pinto expresen algo de su historia, con indicios en el desgaste, las grietas, las fisuras, las astillas o los remiendos. Cuando me encuentro con algo con lo que conecto, me trae a la memoria, por un instante, a las personas a las que he querido», aclara así su atracción por estos elementos pictóricos.
Para esta artista, es fundamental ver la experiencia en aquello que pinta, de ahí su gusto por las cosas antiguas. «Veo algo de mí misma en todos los motivos que pinto. Pero quizá, sobre todo, son un puente hacia las personas o los lugares que he conocido».

Espectadores que enriquecen
Uno de sus últimos cuadros retrata unos cuencos antiguos apilados. Para Farrell resulta inevitable empezar a imaginar lo que contuvieron, su olor, quién los utilizó, cuándo, para qué… Lo ve en cada grieta, en cada desconchón, en el color desgastado por el tiempo…

‘Bowls’, 16 x 20 inches, acrylic & oil on board, 2026
«Cuando pinto, medito sobre lo que estoy viendo, lo que estoy pintando, y los recuerdos me llegan sin prisa, como si me envolvieran», comenta Holly Farrell. Y ese sentimiento se transmite igualmente a quien contempla sus obras, porque todos hemos tenido un bol parecido que nos recuerda a nuestra abuela, o unos paños de cocina que no faltaban en la de nuestra madre, o unos libros que hemos visto desde niños en la biblioteca de casa, y que nos hacen regresar allí.

«Cuando la gente mira mis cuadros, a menudo habla de su propia relación con el tema. Sus historias, similares pero diferentes a la mía, añaden capas, haciendo, de alguna manera, que el cuadro sea mejor, más rico. Que algo tan sencillo como unos cuencos pueda tener un alcance tan amplio, más allá del presente, ahondando en nuestro pasado colectivo, siempre me sorprende. Cada espectador hace suyo el cuadro. Le recuerda a alguien, en algún momento. Pasa de ser un simple bodegón a un retrato, y luego vuelve a ser lo primero. La línea se difumina».
El lugar donde naces
Haber nacido en un pequeño pueblo del norte de Ontario es algo que no solo ha marcado su forma de pensar y de vivir, sino también su pintura. Su infancia y juventud transcurrieron de manera sencilla, rodeada de personas humildes y trabajadoras, como su propia familia, acostumbradas a hacer durar las cosas que tenían porque el dinero no sobraba en aquellos hogares. Ser pobre -aunque nunca se sintieron así- no impedía que fueran felices. Y compartir esas mismas necesidades, esa manera de entender la vida, les ataba, de alguna manera, a aquellas cosas que envejecían con ellos.

«Cuando era joven, lo que nos rodeaba parecía mucho más permanente que hoy en día. Eran cosas hechas para durar. Los objetos efímeros que incorporábamos a nuestras vidas eran, a la vez, bonitos y prácticos. Pensábamos en llevárnoslos con nosotros cuando dejáramos el nido… De adolescente, en los años 70, quería que algunas de las cosas de mi madre me acompañaran allá donde fuera, como si me llevara una parte de ella conmigo. Creo que era una mentalidad generacional. Incluso ahora, sentada aquí, 50 años después, al levantar la vista, veo sus cosas a mi alrededor».
«Estas cosas, hechas para durar, acababan adquiriendo pequeñas marcas por el uso diario. Sus bordes se suavizaban, los colores se desvanecían, a veces aparecía una grieta o una mancha… Para mí, se han convertido en recuerdos de nuestra vida en el pueblo, y son lo que me ata a la idea de hogar», explica.

La elegida es ella
Por eso, muchas de sus pinturas son retratos de esa época. «Aunque estoy muy influenciada por mi infancia en los años 60 y 70, era habitual que las familias siguieran adoptando el sentido práctico de las generaciones anteriores, conservando las cosas porque aún eran útiles. Y así, la época de mis abuelos también se cuela de vez en cuando en mis pinturas».
De hecho, cualquier objeto con historia puede hacerle saltar la chispa de la inspiración y convertirse en bodegón. De alguna manera, es el objeto el que la elige a ella y no al revés.

Si embargo, el proceso hasta convertirse en un cuadro es lento y se va gestando poco a poco. «A veces, un tema va desarrollándose a lo largo de los años, como en mis cuadros sobre libros; pero la conexión inicial con algo siempre es instantánea e intuitiva. Y, en ocasiones, un tema se adapta para incluir una extensión de sí mismo».
Los cuadros en los que retrata libros de bolsillo son un ejemplo, explica. «Tras años pintando filas de libros de tapa dura, di el salto al humilde libro de bolsillo, que me resulta más familiar y me recuerda a mis primeras lecturas. A menudo veo algo y siento que lo conozco. Y lo cojo. Mi marido dice que siempre estoy tocando cosas. Es cierto. Sostener algo en la mano me ayuda a comprender mi necesidad de pintarlo».
Que no falten los libros
Entre sus objetos favoritos, además de las cubiertas de discos de vinilo de clásicos del rock y de la música, están los libros. De hecho, Farrell cuenta con una biblioteca de miles de ejemplares, algunos, dice, impresos en el siglo XIX. Hay libros por toda su casa, desde su estudio hasta su salón. Son un objeto omnipresente en su hogar.

«Me encanta pintar libros con sus sobrecubiertas o sin ellas», confiesa. Encontrar la composición con la que los llevará al lienzo puede llevarle días. Y en ese proceso, los cambia de sitio, los observa de lejos, los vuelve a mover… hasta que el tamaño, el color, el género y los títulos de las obras escogidas encajan de manera que le resulte natural. «Los cuadros de libros son los que más trabajo me dan. Desde la idea inicial hasta el barniz final, apenas puedo calcular el tiempo que me lleva. Solo sé que al final siento que puedo volver a respirar».
De entre todos, los que más le gustan son las ediciones de bolsillo baratas. Al fin y al cabo, cuenta, son las que acercaron la literatura a las masas, y también a ella misma. «Por eso quiero rendirles homenaje. Mi marido me lee mientras pinto. Me ayuda a trabajar en los detalles más minuciosos, cuando la música simplemente no basta. Me encantan todos los libros, incluso los que aún no he leído».
El proceso de trabajo
Holly Farrell no concibe su vida sin un pincel en la mano y un lienzo. «Si no estoy pintando —asegura—, estoy pensando en pintar».
Su mirada siempre está buscando algún objeto antiguo que sea nuevo para ella. Y esa novedad puede estar simplemente en un pequeño cambio en el desgaste. «A menudo, vuelvo a comprar un motivo una y otra vez, quizá con una pintura diferente, o con una encuadernación distinta, o porque está desgastado de formas diferentes. Dos libros, por ejemplo, iguales en todo salvo por las pequeñas diferencias que son fruto de haber vivido en hogares distintos». Y al hacerlo, cuenta, se siente acompañada y guiada. «Cuando pinto, casi siento que hay alguien cerca, ayudándome a trabajar, como solía hacer mi madre cuando intentaba enseñarme a cocinar algo casero».

«Mi estilo pictórico es, en cierto modo, poco convencional —explica—. Se trata de una combinación de acrílico y óleo, una técnica que surge de un conjunto de habilidades que he adquirido a través de proyectos con mi madre, trabajando como pintora de interiores junto a mi marido y, posteriormente, mediante un incansable proceso de prueba y error a lo largo de muchos años. Sigo aprendiendo con cada cuadro, y me detengo cuando no sé qué más puedo hacer».
Farrel no se considera una pintora realista, pero eso, dice, no significa que no quiera que su obra se vea en el lienzo tal y como ella la ve en la vida. «Y siento que es mi experiencia vital, junto con la experiencia que se refleja en mis motivos, lo que se plasma en los detalles finales».

Al igual que sus objetos muestran abiertamente sus defectos y sus pequeñas taras, ella misma prefiere no borrar los suyos en sus pinturas. «No me gusta borrar el hecho de que me metí en este mundo con pocas habilidades. Pero, de alguna manera, logré acercarme a la pintura por un camino indirecto y encontré mis propios métodos, adaptándome a las diferentes presiones que conlleva hacer del arte tu vida, tu único medio de subsistencia, sin red de seguridad».
El arte, afirma con rotundidad, siempre estará presente en su vida. «Sea una bendición o no, mi ansiedad me impidió plantearme estudiar en ninguna escuela de arte: ¡demasiado público! En mi estudio no me preocupo tanto por el fracaso, lo cual, en sí mismo, es una buena enseñanza. Aprender lo que no hay que hacer ha sido tan útil como aprender lo que hay que hacer».






