¿Dónde está la gonorrea? Spoiler: no está en un callejón oscuro

ITS

Durante décadas, la educación sexual en este país consistió básicamente en acojonar al personal. Las Administraciones enseñaron a la población a mirar el sexo con miedo, como un terreno peligroso donde cualquier despiste terminaba en un sermón o en una consulta médica. Pero el cuerpo tiene la manía de querer pasárselo bien, y mientras la moral del siglo pasado seguía echando la bronca, la calle empezó a organizarse de otra manera.

Cambio de letra

El primer gran gol de esta historia no lo metió un laboratorio ni una app de citas, sino la lingüística. Alguien con bastante visión decidió que pasar de hablar de «enfermedades» (ETS) a hablar de «infecciones» (ITS) no era un simple capricho de académicos aburridos. Una enfermedad suena a cama de hospital, a drama familiar y a culpa de domingo por la tarde. Una infección es una bacteria despistada que se ha colado en una fiesta donde no la habían invitado.

Con ese pequeño cambio de letra se le quitó al asunto el peso del pecado. Una infección se pega igual que se pega un catarro en el metro o una gastroenteritis en el chiringuito de la playa: por puro contacto humano. No te define como persona, no dice nada de tu moral ni te convierte en el apestado del barrio. Es biología pura, un percance logístico que se arregla con una visita rápida al médico y una pauta de pastillas.

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La PrEP, los antibióticos y el fin del miedo estúpido

Luego llegó la PrEP y lo puso todo patas arriba. La aparición de la Profilaxis Preexposición fue el equivalente médico a quitarle las ruedecillas a la bicicleta: de repente, el fantasma del VIH, ese monstruo gigante que congeló la libertad sexual durante cuatro décadas, se evaporaba del horizonte. Y claro, cuando le quitas el miedo a la gente, la gente se abraza, se toca y disfruta sin pedir tanto perdón.

¿Qué ha pasado al relajarse el uso del preservativo? Pues que bichos más ligeros pero muy trabajadores, como la clamidia o la gonorrea, han encontrado vía libre para moverse. Nunca se habían notificado en España tantos casos de ITS, 90.000 el último año. Pero eso no significa que estemos al borde del colapso, sino algo mucho mejor: que hemos perdido la vergüenza de ir al médico. La gente ya no se esconde en su casa sufriendo en silencio por el qué dirán. Ahora van al centro de salud, se hacen su analítica de rutina y siguen con su vida. Diagnosticar más es curar antes.

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Buscar microbios 

En este escenario, hasta el propio Ministerio de Sanidad se ha dado cuenta de que los discursos apocalípticos dan entre pereza y risa. Para su última campaña no han contratado a un señor con bata blanca para echar la charla, sino que han montado un juego ilustrado al más puro estilo ¿Dónde está Wally? La idea es sencilla: encontrar a la sífilis o a la clamidia escondidas entre terracitas, festivales y escenas cotidianas de la ciudad.

Poner un cartel gigante en el Orgullo de Madrid diciendo que hay miles de formas de cuidarse (desde el preservativo hasta la PrEP o las analíticas) es entender por fin cómo funciona el mundo real. Las infecciones no pasan en rincones oscuros ni les ocurren solo a los demás. Ocurren donde hay vida, donde hay fiesta y donde la gente se junta. Y tratarlas con la estética de la cultura pop es la mejor forma de decirnos que el autocuidado es algo tan cotidiano como lavarse los dientes.

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Al final, la verdadera revolución no ha sido inventar el preservativo con sabor a fresa ni la pastilla mágica, sino conseguir desdramatizar el asunto. Salir de fiesta, ligar, disfrutar, pasarse por el centro de salud a hacerse un chequeo y pedir la PrEP en la farmacia forman parte del mismo paquete de estar vivo y madurar. Tratar a las ITS como lo que son (microbiología pura y dura que se detecta y se cura) nos ha permitido bajarlas del altar de la culpa. Porque cuidar de lo que nos da placer no tendría que ser jamás un castigo, sino la excusa perfecta para seguir pasándolo bien pero con la lección aprendida.

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Patrick Thomas

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