No conozco ningún ser creativo que no esté frustrado. Visualizo el proceso de creación como un cerebro del que salen animales, colores, notas musicales, códigos, libros, sentimientos… Todo muy colorido y novedoso. Pero sobre él también se sitúa encima una nube densa y gris, con piedras a modo de gotas amenazando con descolgarse.
Esa nube oscura puede aparecer de distintas formas cuyo resultado es siempre el mismo: el desencanto, la rendición. Para unos, lo frustrante es tener una superidea y que el cliente la eche para atrás. Para otros, la sociedad está mal pensada y no es posible vivir del arte en sentido amplio. Los hay que lo achacan a que siempre tienen ideas que mejoran lo anterior y, por ende, nunca terminan de darse por satisfechos. Y están quienes simplemente quieren crear, pero temen no ser suficientemente buenos. O suficientemente entendidos (ahí está el padre de Bella como ejemplo; hasta el propio Disney tiene calada esta realidad de la que hablo). También están los que afirman «creo (escribo/canto/dibujo/bailo…) para mí» a modo de defensa.

En mi opinión, todo esto afecta completamente a la forma de crear, a lo creado y a lo expuesto. No porque sean rasgos innatos de cada persona, sino porque van a condicionar cómo se enfrenta al folio en blanco, al lienzo recién estirado o a los ingredientes esparcidos en una mesa. Y con la obra en la mano, el baile movido o el código desarrollado, cómo serán capaces de mostrárselo al mundo —si lo guardan debajo de la alfombra, si hacen un post que comparten con sus mejores amigos o si cogen un megáfono y se encargan de que no quede resquicio al que no haya llegado—.
Y de esos fantasmas, de esos miedos, no se libra nadie. Todos estos seres de luz que tienen la suerte de liberarse de las cadenas de lo normativo para crear, sea en la disciplina que sea, llevan también incorporado de serie ese otro lado oscuro gritando en silencio. Pero ¿y si no fueran más que las dos caras de una misma moneda, una pescadilla que se muerde la cola, y hay que aceptarlo así sin querer cambiarlo? ¿Es necesaria la frustración para crear? ¿Se crea desde ahí? ¿O es solo la pastilla de carbón que aviva el fuego y, en ocasiones, si no lo gestionas bien, lo apaga?
Es más, si consiguiéramos quitarnos la nube de encima, ¿seríamos todos artistas? O, por el contrario, sin el tormento, ¿crearíamos un mundo sin tormentas?






