En La República, Platón habla de Calípolis, su ciudad utópica e imaginaria dónde o bien los filósofos debían convertirse en reyes, o bien los reyes deben convertirse en filósofos.
A lo largo de la historia se ha considerado que muchos gobernantes encajaban en esta definición, desde Marco Aurelio hasta Catalina de Rusia, pasando por Alfonso X el sabio. Pero ¿por qué es tan importante para Platón el hecho de que los gobernantes puedan filosofar genuina y adecuadamente?
Para el griego, aquel que pudiera gobernar lo haría adecuadamente solo si comprendía la idea del bien, la idea suprema. El bien no era comprendido solo como un concepto relativo y subjetivo, como en nuestros días, sino que era una idea accesible, un concepto que existe más allá de nosotros y que puede ser realizado en nuestras acciones y nuestras metas. Pero para acceder a la idea de bien y, por tanto, poder gobernar adecuadamente, uno tenía que formarse en matemáticas y dialéctica, es decir, tenía que ser un filósofo.
En la actualidad, para muchos, tanto la imagen del rey filósofo como la obra de La República se encuentran bastante denostadas. Sin embargo, lo que vemos en esta demanda concreta es la simple exigencia de que los gobernantes estén formados, que sepan reflexionar y tengan la capacidad de pensar profundamente antes de tomar decisiones que afecten a la ciudad.
Quizá esta idea de gobernante contradice la política tan práctica y cortoplacista característica de nuestros tiempos. Quizá hoy en día el gobernante no tiene que ser tanto un filósofo como una mezcla de carisma, imagen, adaptabilidad y efectividad. Un perfil que se acerca más a aquellos sofistas que Platón tanto criticaba.
El hecho es que, aun así, actualmente seguimos encontrando políticos y pensadores dispuestos a juntar la reflexión intelectual con la práctica de la gobernancia, personas que optan por apoyarse con un pie en la academia y con otro en las instituciones. En este contexto, el caso de Massimo Cacciari no pasa desapercibido.

Cacciari ha compaginado su vida política con la filosofía. Profesor de Estética y Filosofía desde 1980, lleva años reflexionando sobre la crisis de la racionalidad moderna. Aun así, esta dedicación a la universidad no ha sido exclusiva. Desde joven, Cacciari militaba en el Partido Comunista Italiano y en 1976 accedió a la cámara de diputados italiana. En 1993, a través de una coalición de partidos de izquierda, fue elegido alcalde de Venecia, puesto que ocuparía hasta el año 2000 y para el que volvería a ser elegido en 2005, esta vez, hasta 2010.
Pese a que su mandato tuvo algunas controversias (entre ellas, la construcción del famoso —y no por buenas razones— Ponte della Constituzione de Calatrava), Cacciari ha insistido siempre, tanto en su actividad intelectual como en su actividad política, en su idea del federalismo. Esta organización federal era en un principio una idea aplicable a Italia que, con los años, evolucionó hasta convertirse en un proyecto europeo. Para Cacciari, sin embargo, como expuso en el Festival de les Humanitats de Dénia celebrado en octubre, ha llegado el momento de expandir esta idea a una escala global.
Frente a las prisas y la urgencia de los últimos años, Cacciari propone ver la situación europea en el largo plazo, mirar por el retrovisor de la historia y contemplar cómo hemos llegado hasta aquí. Sin embargo, dice, no tenemos que permitir que cuaje la idea de que la identidad europea está caracterizada por ese asalto y colonización del mundo que se vivió a partir del siglo XV.
Para Cacciari, la identidad europea que tenemos que construir es la de la Ilustración, la Revolución francesa, la idea de Europa como el lugar de la revolución permanente, de la preocupación por el género humano y la transformación del mundo material y espiritualmente.
El problema es que, tras las dos guerras mundiales, Europa es cada vez una Europa más atlántica. El viejo continente ya no se vislumbra en el horizonte occidental, sino que está ahora ocupado por América. Para Cacciari, tras la Guerra Fría y la caída de la Unión Soviética, se rompió el paradigmático equilibrio global.
Estados Unidos tuvo entonces la oportunidad para decidir si aspirar a un mundo multipolar y un orden policéntrico, pero, sin embargo, tomó el camino del orden unívoco y hegemónico.
Europa, entonces, tiene que elegir, nos dice el profesor italiano, ente ser el apoyo de ese orden hegemónico o, en este contexto de conflictos entre grandes potencias, ejercer un poder federador. Habiendo entendido que el mundo no tolerará una monarquía global, o construimos una federación basada en la convivencia, la multipolaridad y la diferencia, o veremos una ruptura de escala mundial que solo puede conllevar la tragedia.
Para Cacciari esta es la responsabilidad de Europa. ¿Quién, si no?, dice. Nuestro continente rebosa cultura del pacto, del derecho y de búsqueda de la paz, y este es el destino que tenemos que aspirar a cumplir. No podemos vernos reducidos a la construcción de un muro para protegernos de lo que pasa en el exterior. Tampoco podemos esperar que las grandes potencias y núcleos de poder cedan para solventar los conflictos patentes.
Europa tiene que entrar al juego, pero lo tiene que hacer como puente, como mesa que separe los grandes espacios de poder. Y que, a la vez, los reúna para la mediación y el compromiso. El espacio político, nos dice Cacciari, es un espacio de conflicto, pero no tiene por qué ser bélico.
Esta es la gran encrucijada trágica en la que nos encontramos, el gran desafío. Para el filósofo y político italiano hay que huir del fatalismo, todos los errores tienen remedio, pero el tiempo es corto. O el contragolpe europeo determina el inicio de una nueva fase diplomática de pactos entre los grandes poderes, dice, o entraremos en una fase en la que Occidente no existirá más.