Algunos gestos no parecen nada hasta que alguien decide mirarlos con suficiente paciencia. Sentarse dentro de un coche mientras entra en un túnel de lavado. Esperar en silencio a que el agua golpee el cristal, a que la espuma borre durante unos segundos la idea de exterior. O permanecer inmóvil mientras alguien te corta el pelo, como si en ese pequeño ritual cotidiano se estuviera jugando algo más serio que la higiene o la estética. Acciones mínimas, repetidas millones de veces cada día, que, sin embargo, contienen una especie de umbral invisible: no son todavía transformación, pero ya han dejado de ser continuidad.
Es en ese espacio intermedio -ni antes ni después- donde dos artistas presentes en la presente edición de Getxophoto han situado su mirada. El festival celebra su 20 aniversario del 28 de mayo al 26 de junio bajo el lema RESET. Y propone precisamente eso: pensar qué significa reiniciar en un mundo donde nada se borra del todo, donde todo deja rastro, aunque sea débil, en alguna parte de la memoria.
Porque el reset contemporáneo rara vez es absoluto. A diferencia de la promesa tecnológica (ese botón que supuestamente lo reinicia todo), la experiencia humana parece funcionar más como una acumulación de capas. Algo se interrumpe, algo se reorganiza, pero nada desaparece del todo. Y quizá por eso estas imágenes interesan tanto: porque no muestran grandes rupturas, sino pequeñas modulaciones de identidad.
Shahram Saadat (París, 1995) encontró ese umbral en un lugar poco poético: entre las esponjas que enjabonan vehículos. En su serie In The Whale, lo que en principio es un espacio funcional se transforma en una especie de cámara de suspensión. Él mismo explica que no partía de una idea cerrada, sino de una intuición que se fue construyendo con el tiempo: «Estaba interesado en encontrar un momento en la vida cotidiana en el que se nos permite pausar sin sentir culpa, y el túnel de lavado me pareció una inmovilidad forzada, una breve desconexión de todo».


Ese parón impuesto es clave. No se trata de una decisión voluntaria, sino de una detención mecánica, casi externa. Dentro del automóvil, el mundo deja de existir por unos minutos. No hay acción posible más allá de esperar. Y en esa espera se abre algo inesperado: una forma de interioridad accidental. Saadat insiste en que esa transformación no fue inmediata, sino progresiva. “Estaba sentado en el coche y empezó a parecerme algo más que un espacio funcional». El lugar deja de ser un mero dispositivo de limpieza para convertirse en un entorno perceptivo, casi mental.
Un túnel de lavado que funciona como un mecanismo perfecto de suspensión: repetitivo, cerrado, hipnótico. El sonido constante del agua, los reflejos cambiantes, la luz filtrada crean una experiencia que desactiva la urgencia. No es un escenario, pero tampoco es pura funcionalidad. Es algo intermedio. En su práctica, Saadat no busca controlar lo que ocurre, sino generar un marco donde algo pueda emerger. “Pienso en ello como trabajar con una estructura flexible más que con un guion fijo”, apunta por correo electrónico.


Tal “guion flexible” permite que las personas no actúen, pero tampoco estén simplemente siendo observadas de forma pasiva. Algo sucede en ese intervalo: una bajada de la autoexigencia, una forma de estar sin representar. Y es en ese estado cuando aparecen las imágenes. No como documentos de una acción, sino como registros de una suspensión. La condensación en los cristales, la luz fragmentada, el vapor convierten la escena en algo ambiguo: no del todo documental, no del todo escenificado. En esa ambigüedad aparece una tensión constante: lo cotidiano contiene a la vez lo absurdo y lo contemplativo.



Personas inmóviles dentro de un coche mientras el agua los atraviesa. Nada extraordinario, pero tampoco habitual. Saadat no resuelve esa tensión: la deja existir. Su interés, en el fondo, está en esos espacios donde la vida cotidiana se desplaza ligeramente fuera de sí misma. Algo que conecta directamente con la idea de lo liminal: los momentos intermedios en los que algo ha dejado de ser lo que era, pero aún no ha llegado a ser otra cosa. Para el fotógrafo, no es tanto que vivamos una época especialmente liminal, sino que ahora esos momentos son más visibles porque la aceleración general los expone.
The Haircut
En Frederic Aranda, ese tránsito ocurre en otro lugar: el rostro de un actor en el instante en que abandona su personaje. En The Haircut, el gesto es sencillo -un corte de pelo-, pero el contexto lo transforma en algo mucho más cargado. Este profesional suizo (nació en Ginebra en 1980, pero está afincado en Londres) fotografía al actor Ian McKellen en el momento en que se desprende de su caracterización de Falstaff tras una larga temporada teatral. La escena ocurre en su casa, en un entorno íntimo pero visualmente controlado.


Aranda lo resume así: «Con The Haircut estaba documentando algo que ocurría rápidamente delante de mí, así que intenté no controlar demasiado lo que pasaba y dejar que sucediera en el mejor entorno posible». No se trata de dejarlo todo al azar. El fotógrafo establece condiciones muy precisas: fondo oscuro, iluminación constante, ausencia de elementos distractores. Todo está diseñado para que el cambio no ocurra alrededor, sino en el sujeto. Por eso, cualquier mínima variación cobra importancia. Una mirada, una expresión leve, una tensión en el rostro.



De ahí su insistencia: «Enfocarse en los ojos del sujeto es crucial: ahí es donde aparecerán primero los cambios internos y donde está la verdadera historia». A diferencia de Saadat, donde la transformación se produce en el espacio, aquí sucede en el cuerpo. Pero en ambos casos el interés es el mismo: observar el momento en que algo deja de coincidir consigo mismo. El caso de McKellen está además atravesado por una historia previa. El actor había interpretado a Falstaff en una producción del West End, pero un accidente lo obligó a abandonar la obra. Aun así, mantuvo su apariencia durante semanas como gesto de continuidad con el equipo. El corte de pelo funciona entonces como cierre simbólico, como una forma de salida.



Y estos retratos no necesitan construir una historia: ya está ahí. Su trabajo consiste en sostenerlo visualmente sin forzarlo. Lo relevante es que, tanto en Saadat como en Aranda, el sentido no está en el evento, sino en su duración. No hay instante decisivo, sino procesos de transición. La identidad no cambia de golpe: se desliza. En ese sentido, el lema RESET del festival no funciona como promesa de borrado, sino como la invitación al interrogante. ¿Qué significa realmente reiniciar? Las obras sugieren que no hay limpieza total posible. Lo que hay son desplazamientos, reorganizaciones, persistencias. El reset, si existe, no elimina el pasado: lo reconfigura.
Quizá por eso estas imágenes resultan tan cercanas. No porque muestren situaciones extraordinarias, sino porque capturan algo que todos habitamos: instantes en los que dejamos de estar del todo en un sitio sin haber llegado aún a otro. En ese intervalo mínimo ocurre algo difícil de nombrar. No es transformación radical, ni cambio heroico, ni reinvención. Es algo más sutil: el instante en el que dejamos de sostener una versión de nosotros mismos durante unos segundos. Y puede que eso sea lo único que realmente tenemos.






