¿Alguna vez te has parado a pensar en las rutinas? Las rutinas pasan desapercibidas, apenas les dedicamos tiempo mental. Al fin y al cabo, siempre están ahí, silenciosas, perpetuándose cada día, humildes sin hacerse notar. No parecen interesantes a simple vista. Son meramente rutinas. Hábitos que se adquieren y nos permiten hacer las cosas del día a día de forma automática, sin pensar. Maneras de actuar y pensar que hacen eficiente nuestro día a día.
La rutina llega todos los días, sin ruido ni alaracas, marcando el paso del tiempo inexorablemente, como si de un segundero invisible se tratara; implacable y despiadado tic, tac, tic, tac. Un día y otro, repitiendo toda una serie de actividades a las que ya estamos acostumbrados: levantarse por la mañana, tomarse un café, salir para el trabajo, trabajar, comer, volver a casa, dormir. Y así día tras día, una y otra vez.
Las rutinas nos aburren en muchos casos, parecen constituirse en un elemento que frena el mundo dinámico e hiperactivo que nos ha tocado vivir. Pero la gran pregunta que nos tenemos que hacer es si como homos posmodernos confundimos la repetición con el estancamiento y el hábito; la costumbre, con la falta de libertad.
Deberíamos revisitar el concepto de rutina. Las rutinas no son el enemigo de la vida acelerada en la que vivimos, dominada por la incertidumbre y el qué pasará. Las rutinas se alzan hoy como una forma silenciosa de resistencia, un espacio donde la existencia recupera su ritmo, duración y sentido.
Son las rutinas las que nos hacen sentirnos vivos, las que nos atan al presente y le dan sentido. Saber que mañana vamos a volver a coger el metro, que el martes que viene hay clase de barre o que en dos semanas tienes esa entrega de premios a la que vas todos los años, nos ayuda a proyectar nuestra existencia en el futuro.
Las rutinas materializan el mañana conocido, lo condensan en algo que casi es aprensible por nuestros dedos. Las rutinas nos dicen que vamos a vivir un día más, porque al día siguiente nos levantaremos de nuevo, iremos a trabajar, recogeremos a los niños del colegio y los llevaremos a natación, y así todas las acciones que solemos hacer a diario. Porque las rutinas nos dan seguridad.
Por eso nos sentimos bien cuando volvemos a casa por el mismo camino de siempre, o la dueña de la frutería nos saluda al pasar y nos pregunta por la familia. Porque si hay una rutina, nos hace pensar que se va a volver a producir mañana, y pasado mañana y al día siguiente. Y tener la seguridad de la repetición nos reconforta y da tranquilidad.
La repetición cotidiana no esclaviza, sino que nos libera, de alguna forma. Nos recuerda que el tiempo humano no se mide en productividad, sino en presencia. La rutina es ese contrapeso que permite recuperar el ritmo interior: aquello que retorna sin ruido, que no busca visibilidad. Redescubrir la rutina es recuperar la posibilidad de habitar el mundo sin urgencia, de reconciliarnos con lo ordinario y, quizás, con nosotros mismos. Por eso las rutinas son tan importantes, son parte de lo que nos define como seres humanos, y nos hacen únicos.
Nuestras rutinas nos definen, nos ayudan anclarnos a la vida. Sin rutina nos perderíamos para siempre. Es el modo más sencillo, y quizá el más radical, de habitar el tiempo sin ser devorados por él. Por eso, la próxima vez que te quejes de la rutina piensa qué pasaría si hoy fuera la última vez que te levantaras por la mañana, que le das un beso a tu hijo o que miras por la ventana de tu habitación. Bendita rutina.
Raquel Espantaleón es directora general y de estrategia en Sra. Rushmore.






