Hay algo metafórico en que parte de la generación Z y la alfa se identifique con animales tras crecer entre pantallas táctiles, un confinamiento global y parques de caucho donde la tierra no les pringa. Su infancia no olía a barro y la naturaleza significaba el fondo de pantalla por defecto del móvil.
En ese contexto, la teriantropía parece un síntoma del niño interior que ni trepó suficientes árboles ni se ensució lo bastante. ¿Estamos ante el deseo literal de ser animal para reclamar el derecho a lo instintivo y físico? La sociedad les ha dejado de ofrecer un espacio donde sentirse vivos, y caminar en cuadrupedia o gruñir a un pastor alemán es más un acto de rebelión que una identidad. Aunque ¿quién es el verdadero salvaje?
Esa pregunta nos enfrenta a un espejo chocante. Ser humano hoy parece implicar cumplir una lista tan interminable como aburrida de requisitos: productividad constante, monetización del talento —donde, si no tienes uno, pues te lo inventas—, discursos políticamente correctos y una marca personal coherente con el filtro, mientras por dentro se gestionan niveles de ansiedad que nadie nos enseñó a manejar. A la vez que el tiempo aprieta, se escurre y la vida se convierte en una carrera a contrarreloj hacia una meta que no acaba de representarnos del todo.
Se exige claridad identitaria en un mundo que cambia cada semana. Qué violento sabiendo lo efímero que es el reloj, pero no más que fingir que no lo sabemos. Frente a eso, identificarse como therian puede funcionar como una dimisión de las expectativas humanas. Al fin y al cabo, ¿qué zorro optimizaría su perfil en LinkedIn para comparar ofertas de empleo o qué doberman enseñaría la cola en Only Fans?
A diferencia nuestra, otras especies no necesitan encajar en etiquetas ni justificarse constantemente, y ellos han encontrado una forma de migración hacia una simplicidad instintiva que el mundo no ofrece. Una manera de dar la espalda a la era del rendimiento y del filtro sin sentido. Porque nos produce cringe alguien que se pone un hocico mientras normalizamos la carnicería digital que nos deforma la cara. La máscara frente al filtro de mentiras patológicas. Escuece, ¿verdad? No somos tan distintos, cualquiera en su sano juicio dejaría de jugar al juego en el que siempre se pierde.
Para sorpresa de nadie, la sociedad prefiere no mirar hacia dentro, sino seguir observando con recelo y responder. Pero ¿qué es lo que realmente le da cringe? El hate que los therians reciben es una especie de analogía de la envidia hacia su libertad para ser absurdos. No hace mucho jugábamos al pilla-pilla diciendo que uno era el lobo y los demás, ovejas, o fingíamos que el suelo era lava y saltábamos como ranas. En aquella época no había discurso ni identidades políticas; solo probábamos cómo se sentía ocupar el espacio sin tanta norma.
Lo que hay detrás de esto es la decisión de no dejar que ese sentimiento de libertad se muera al cumplir los trece años, de rebelarse contra la idea de que crecer significa dejar de ser libre. Durante mucho tiempo, el mantra de es lo que toca ha sido inamovible. Hoy entendemos que la identidad de género es un mundo, pero en cuanto alguien cruza la barrera de la especie, nos explota la cabeza. Aceptamos la diversidad, sí, siempre y cuando no dejes de comportarte como un buen humano. ¿Por qué nos asusta tanto que se rompa un guion que nosotros mismos acabamos de empezar a cuestionar? Quizás no es que no lo entendamos, es que nos da más pánico abrir la mente más de la cuenta que cerrarnos puertas por puro miedo.
Por mucho que nos fastidie, la grima que provocan habla más de nuestra rigidez que de su rareza. Su necesidad de conectar con lo salvaje nos recuerda lo domesticados que estamos. Mientras nosotros intentamos encajar sin ruido, ellos saltan la valla. El lobo nace con su naturaleza; el therian la construye. Y quizá lo más inquietante no trate de quienes aúllan para despertar su instinto, sino de los que se quedan mudos aceptando el molde social como si fuera un destino y no una elección.






