«La belleza es el acuerdo entre el contenido y la forma».
Henrik Johan Ibsen (1828-1906), Dramaturgo noruego.
Al contemplar una fotografía aérea de Brøndby Haveby, a las afueras de Copenhague, podrías pensar que su diseño tiene que ver con satélites espaciales o geometrías alienígenas. Desde arriba, la urbanización parece un mosaico hipnótico de círculos verdes perfectos, como si la tierra hubiese sido cortada con un compás antes de sembrarse con pasto y caminos. Un laberinto de vegetación, de líneas curvas y de parcelas que se abren como pétalos hacia un espacio común. Una vista tan armónica que, por un instante, podrías imaginar que se trata de una utopía del urbanismo contemporáneo.
Brøndby Haveby —«ciudad jardín» en danés— nació en 1964 con la intención de ofrecer a los habitantes de Copenhague un espacio para alejarse del bullicio urbano sin renunciar a una dosis de comunidad y naturaleza. El arquitecto paisajista Erik Mygind se inspiró en los patrones de las aldeas tradicionales danesas para trazar grandes círculos concéntricos, de unos 400 metros cuadrados cada uno, donde pequeñas viviendas y jardines individuales abrazan el vacío central como si fueran pequeños poblados anidados sobre el paisaje.
Desde la vertical, el efecto es innegablemente bello y casi abstracto: un patrón repetido, verde y ordenado, transformado en una composición que despierta admiración en redes sociales. El diseño parece encarnar la aspiración moderna de armonizar lo artificial con lo natural. De equilibrar comunidades humanas con su entorno vegetal. Pero al descender del vuelo sobre el mapa, y pisar el terreno, la historia cambia.
Un oasis visual, una planificación ineficiente
Porque, a pesar de parecer una postal de urbanismo eficiente, Brøndby Haveby no es una ciudad sostenible en el sentido estricto del término. Para empezar, muchas de las viviendas no son hogares permanentes, sino estancias vacacionales que no pueden exceder los 50 metros cuadrados y, por regulaciones locales, solo se habitan durante parte del año —generalmente entre abril y octubre— y son alquileres más que residencia cotidiana.
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Este uso estacional habla de un primer problema: no es un barrio compacto ni eficiente, sino un conjunto de parcelas dispersas diseñadas más para el ocio y el retiro dominical que para una vida urbana integrada con servicios, comercios o actividades cotidianas.
Desde el suelo, el diseño circular muestra otro efecto colateral: obliga a que los habitantes dependan del coche para casi todo. Aislados de servicios permanentes y con grandes espacios entre cada grupo de parcelas, no hay una trama urbana que favorezca caminar hacia la escuela, las tiendas o incluso una estación de transporte público. La disposición física tiende a fomentar la movilidad motorizada en lugar de reducirla, un rasgo que contradice muchas de las metas de sostenibilidad actuales.
Además, aunque el verde domina la escena, no siempre se traduce en una verdadera biodiversidad ni en un aprovechamiento eficiente del suelo. Gran parte del espacio entre los círculos está ocupado por césped o superficies sin un uso claro más allá de la estética. Es decir, por un jardín más ornamental que funcional y que queda precioso para la foto, pero no tiene ningún tipo de utilidad.
Segregación y fragmentación: la ilusión de comunidad
El diseño de Brøndby Haveby también refleja otro problema urbano clásico: la segregación social y espacial. Las parcelas circulares están delimitadas y separadas unas de otras por setos y barreras vegetales que, lejos de promover una interacción constante, funcionan como burbujas privadas dentro de un trazado aparentemente comunitario.
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Es entonces cuando llegamos a la lógica de su diseño. ¿Por qué se utilizaron círculos para la disposición de las viviendas? La intención inicial fue la de forzar una interacción social, en el centro de la parcela, donde los vecinos se encontrasen cada día. Una especie de plaza, inspirada en las aldeas danesas, que sirviera de cohesión comunitaria para sus habitantes. La realidad es que un espacio tan potente y con tantísimas posibilidades ha quedado relegado a un triste aparcamiento. Solo uno por vivienda, ya que en las fotografías se puede observar el problema que existe cuando llega algún vehículo adicional y tiene que estacionarse. Al final, la interacción vecinal que se prometía ha quedado convertida a saludarse cuando se va a coger el coche.
Lo que se ha logrado no es un modelo de ciudad resiliente ni sostenible en ningún aspecto. Se trata más bien de una experiencia suburbana idealizada, con un patrón visual atractivo, pero con claras limitaciones funcionales. Su diseño recuerda a los suburbios unifamiliares que proliferaron en el siglo XX: grandes espacios, uso intensivo de suelo, viviendas dispersas y un fuerte componente de dependencia del coche para conectar con la ciudad y otros servicios.
Belleza engañosa
Así como un satélite identifica una gema en medio del follaje, la realidad urbana de Brøndby Haveby nos invita a pensar en la diferencia entre bello y eficaz, entre una composición armónica desde el aire y la complejidad de una ciudad sostenible desde el suelo. Puede que sea visualmente hipnótico o parezca una obra de arte geográfica, cuando la realidad esconde profundas ineficiencias: desde la utilización extensiva del terreno, hasta una falta de mezcla de usos; pasando por una vida comunitaria que, más que integrada con la ciudad, queda encapsulada en satélites dispersos.
Mi intención no es la de desestimar la intención de su creador de ofrecer un retiro verde y tranquilo a los ciudadanos. Más bien la de cuestionar lo que realmente significa sostenible y eficiente en este siglo XXI. A veces, lo que desde arriba parece perfecto, de cerca deja al descubierto sus contradicciones.






