Dan Popper lleva más de una década levantando obras que parecen emerger de las entrañas de la naturaleza. Este artista —sudafricano, milenial del 83, padre de dos niñas— las llama «esculturas monumentales». Su proyecto más ambicioso hasta la fecha se llama, de hecho, Human + Nature: una serie de cabezas de hasta ocho metros de altura que se concibieron para dialogar con el paisaje, para reflexionar sobre el hilo invisible que vincula al homo sapiens con lo salvaje.
Eventos como el Afrikaburn, el Boom Festival o el Electric Daisy Carnival son otros de los hábitats donde se han visto unas estructuras de gran formato fabricadas con hormigón, madera o fibra de vidrio. El fruto de un trabajo que, ahora, llega a España gracias a Elrow, una de las fiestas más míticas de la noche ibicenca.
El escultor cuenta en esta entrevista los entresijos de un proceso creativo que no han conseguido alterar las inteligencias artificiales. En su estudio de Ciudad del Cabo sigue garabateando sobre la pasta de celulosa «de un sketchbook».
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¿Cómo se convierte la naturaleza en la musa de tus esculturas?
Me crié y sigo viviendo en Ciudad del Cabo, una de las ciudades más bonitas del mundo. La razón es que aquí la naturaleza es muy accesible. El océano, los bosques, la montaña… todo está a unos minutos de distancia del centro. Todo ello convierte a Ciudad del Cabo en un lugar muy agradable donde vivir. Cada vez que me atasco con mi trabajo, me escapo a pasar tiempo en la naturaleza. Es fácil hacerlo.
Eso es un lujo: no creo que exista ser humano que no se quede extasiado ante la belleza de una puesta de sol, la inmensidad de una cadena montañosa, el rugido de una catarata, el mapa de sonidos de la selva, el mar.
Nunca te cansas ni te aburres de observar la naturaleza, es ilimitada. En los niños se ve muy bien esa relación, tienen una conexión muy cercana con lo natural. Cuando empecé a ir a festivales de música en Ciudad del Cabo, lo mejor eran las localizaciones; estaban en medio de la naturaleza. Para el ser humano, la naturaleza siempre ha sido un recurso para inspirarse.
En algunos de esos festivales has acabado exponiendo tu obra. ¿Cómo encuentras encaje a una escultura de grandes dimensiones en un entorno natural?
Es un plan consciente. Antes de ponerme a esculpirla, pienso en las formas y los colores que van a encajar mejor en el espacio y el ambiente en los que voy a trabajar. No solo pasa en exteriores. Eso ha ocurrido también con el proyecto que he realizado con Elrow y UNVRS en Ibiza. La fiesta y la discoteca han determinado el diseño. Los colores, la escenografía y los objetos que el público va a encontrarse no se parecen en nada a otros proyectos que había hecho anteriormente.
¿Estás nervioso antes del gran estreno? UNVRS es una de las discotecas más grandes del mundo, la de mayor tamaño de una meca de la electrónica como Ibiza.
Trabajar en un sitio como UNVRS era un desafío. En apenas seis horas tenemos que colocar todo lo que vamos a poner en escena y movimiento… y, a la vez, queríamos diferenciarnos de lo que se ha visto en Elrow durante los años anteriores. Vi el Kaos Garden de Okuda y fue alucinante, nos inspiró para lo que hemos llevado a cabo. Ha sido difícil, pero va a ser excitante.
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¿Cómo dialoga tu obra con la música, un material mucho más etéreo?
Trabajé bastante tiempo diseñando escenarios. Desde entonces, la música es una de las grandes puertas de entrada hacia mi creatividad. He trabajado con muchos géneros musicales, sobre todo de electrónica (como el trance o el techno). Cada una tiene un ritmo y un feeling diferentes, transmiten distintas maneras de vivir lo psicodélico. Creo que la clave del trabajo de un artista visual es permitir otro tipo de acceso a la música que está sonando en una fiesta o un espectáculo.
Una pregunta muy íntima, Dan: ¿qué suena en tus listas de reproducción?
Tengo dos chicas en casa, de siete y cuatro años. Es decir… ¡la lista de reproducción es un completo desastre! ¡Está llena de los ritmos infantiles que escogen mis hijas! [ríe] Es decir, escuchamos muchísimo la banda sonora de Frozen, mucho k-pop, como las Demon Hunters. Voy a ser honesto: para trabajar, prefiero escuchar música clásica. Me gustan autores más accesibles o comerciales, como el pianista italiano Ludovico Einaudi, pero me encanta poner la radio y dejar que lo que suene me transporte a otros lugares.
Volvamos a las manos. ¿Cómo eliges los materiales con los que vas a ensamblar las esculturas que has diseñado?
Al principio, trabajaba con materiales no duraderos, pero, con el tiempo, he ido pasando a materiales más orgánicos, como la madera, la resina, la piedra o la cerámica. Reciclamos también la basura de las granjas, objetos que ya no se utilizan y que podemos incorporar a nuestro trabajo. En espectáculos como el de Elrow, que implican montar y desmontar las estructuras durante 20 shows, hemos apostado por materiales más ligeros, como el vidrio.
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En Ibiza también vas a exponer tu nueva serie de esculturas en Can Art, la feria de arte contemporáneo de la isla. ¿Por qué son zoomorfas?
El gato es mi nuevo personaje fetiche y es la primera vez que represento a un animal. Creo que los animales simbolizan emociones que están en nosotros; a través de ellos podemos conectar con ese vacío que llevamos dentro.
Me refiero a conceptos como el poder, la supervivencia, la fatalidad y, por supuesto, la espiritualidad. De ahí nace el gran misterio que nos atrae a los animales y nos lleva a representarlos mediante arquetipos. En ciertas tribus de Norteamérica creen que el espíritu de un lobo o de un oso es quien debe guiarlos a través de la vida. Esa conexión creo que sigue viva en el subconsciente de cualquier ser humano. Para nosotros, ha sido muy divertido crear esos gatos.
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Hablas en plural porque, como muestra tu página web, trabajas en equipo. Robert Bernicchi y Samuel Murgatroyd son tus compañeros. ¿Las inteligencias artificiales podrían sustituir su talento?
Las inteligencias artificiales nunca van a crear algo totalmente nuevo, beben de algo que ya se hizo antes. Por tanto, lo que te presenta no es algo nuevo, sino la modificación de algo que ya existía. Creo que cuando nos inspiramos en la historia del arte o la naturaleza, como es mi caso, volcamos esas ideas en un cuaderno de bocetos, y nos ponemos a trabajar después. El cerebro sí está creando algo nuevo, diferente, único.
Por eso, a veces sale algo muy bueno y, a veces, algo horrible [ríe]… o que se parece mucho, demasiado, a algo que ya existía. Y te puede ocurrir de forma inconsciente, puede que esa referencia estuviera en tu subconsciente y tú no te hubieras dado cuenta.
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¿Eres reacio entonces a la IA?
Al principio fui superfreak de las inteligencias artificiales, las investigué y jugué con ellas. Las utilizaba, por ejemplo, para generar imágenes que me sirvieran de referencia. ¿Cuál es el problema? Eso se cargaba, en parte, el proceso creativo. Y es justamente el proceso creativo lo que me da placer.
Si lo elimino, me cargo el arte, la música, la literatura, lo que sea. Así que he llegado a la conclusión de que, si quieres ser artista, lo único que puedes hacer es seguir trabajando. ¡Sigue trabajando! Y disfrútalo.
¿Un padre puede cultivar en sus hijas la paciencia en el mundo acelerado en el que les ha tocado criarse?
Son muy pequeñas, pero intento mantenerlas lejos de los dispositivos electrónicos el mayor tiempo posible. La mayor ya sabe lo que es ChatGPT y me hace preguntas. Yo tengo que hacerme el loco para no respondérselas: «¿Chat GPT? ¿De qué me estás hablando?» [ríe]. El mundo está cambiando o ya ha cambiado.
Cuando les cuento a mis hijas que me crie en un mundo sin internet, no se lo creen. A nuestra generación, la inteligencia artificial le ha llegado de forma súbita, pero ellas asumen que es algo que ya existía, forma parte de su cotidianidad.






