Hace dos semanas me banearon de WhatsApp. Quince años, desde que la plataforma llegó a España, con el mismo número. Familia, amigos, clientes. Todo. Empezó con un «hola papá, se me ha roto el móvil, este es mi nuevo número». Un martes, sobre las once de la mañana. Cualquier persona normal habría ignorado el mensaje y bloqueado el número. Pero yo no soy cualquier persona.