Seguro que tú mismo has caído en esto. Alguien termina de contar una anécdota absolutamente surrealista sobre su familia, su trabajo o su último desastre sentimental y se escucha un «Tía, te lo juro, con esto podrían hacer una serie». Se ha convertido en la coletilla estrella de nuestra era.
Pero aquí viene el gran problema: si mañana un guionista cogiera esa anécdota tuya tan loca, la copiara punto por punto y la estrenara en una plataforma, la crítica y el público la destrozarían. Nadie se la creería. Alguien escribiría un tuit diciendo «Me bajé de la serie en el capítulo dos, los guionistas se han fumado algo, eso no hay quien se lo trague».
Vivimos confundiendo dos conceptos que se parecen, pero que, en el fondo, operan con reglas opuestas: el realismo y la verosimilitud
Porque vivimos confundiendo dos conceptos que se parecen, pero que, en el fondo, operan con reglas opuestas: el realismo y la verosimilitud.
La realidad es caótica, caprichosa y, sobre todo, no tiene que dar explicaciones a nadie. Las cosas pasan y punto. Un rayo puede caer tres veces en el mismo árbol; a un tipo le puede tocar la lotería dos semanas seguidas o te puedes encontrar a tu profesor de primaria en un callejón de Tokio 20 años después. Eso es realismo puro porque, bueno, ha pasado. Es la vida. La realidad se puede permitir el lujo de ser absolutamente inverosímil.
Sin embargo, la ficción es una dictadura mucho más exigente. La ficción necesita que te la creas. Ya lo decía Aristóteles: «Es preferible lo imposible verosímil a lo posible inverosímil». Nuestro cerebro acepta antes la existencia de un dragón volando sobre un castillo, si las reglas de su mundo tienen sentido, que el hecho de que a una panadera de Cuenca le ocurra algo loquísimo.

Para entender esta magia negra que es la verosimilitud no hay mejor ejemplo que el santo grial de los noventa: el mosquito en ámbar de Parque Jurásico. Científicamente hablando, clonar a un T-Rex a partir de la sangre extraída de un insecto prehistórico petrificado en resina es una soberana estupidez; sin embargo, su verosimilitud es absoluta. Nos empaquetan la mentira con un paseíto en jeep, un vídeo animado del Sr. ADN, un par de batas blancas y la excusa del «ADN de rana» para rellenar los huecos genéticos. Tu cerebro firma el contrato al instante; te lo comes con patatas. Aceptas que en esa isla hay velocirraptores porque la excusa, dentro de las reglas de ese universo de ficción, suena de forma impecablemente lógica.
Lo bello de todo esto es que muchas veces lo más realista del mundo es la peor ficción posible: solo hay que mirar a Estados Unidos
Sin embargo, lo bello de todo esto es que muchas veces lo más realista del mundo es la peor ficción posible: solo hay que mirar a Estados Unidos. Ese país es, con diferencia, la gran fábrica mundial de guiones rechazados por exceso de fantasía. Se llevan la palma en aleatoriedades imposibles.
Imagina por un momento que eres guionista y presentas este borrador para el final de temporada de un thriller geopolítico: el presidente de la mayor potencia mundial ordena una operación militar relámpago en Caracas de madrugada, secuestra al líder del régimen venezolano, se lo lleva en helicóptero a un buque de guerra y, como clímax narrativo, sube una foto del cautivo a sus redes sociales… vestido con un chándal gris de Nike.

¿Qué te diría el productor? Te diría «Mira, te lo compro hasta el helicóptero, pero lo de la foto en la red social y el chándal es pasarse de rosca». Y, sin embargo, la actualidad más reciente nos demostró que la realidad no solo tiene un guion más loco que la ficción, sino que además tiene mejor merchandising (el chándal en cuestión se vendió por encima de sus posibilidades).
Recordemos el asalto al Capitolio. El corazón de la democracia occidental, la fortaleza más vigilada del planeta, no fue invadida por un sofisticado grupo de mercenarios descendiendo por cuerdas con láseres infrarrojos, sino por un colgao disfrazado con cuernos de búfalo, la cara pintada y un megáfono, acompañado de una turba que se paraba a hacerse selfis en los atriles. En una serie, nos habría parecido una comedia barata. En el mundo real, fue un intento de insurrección retransmitido en directo a todo el planeta.

¿Por qué nos cuesta tanto digerir este tipo de cosas en la ficción? Porque la ficción tiene una responsabilidad de la que la vida real tiene el privilegio de olvidarse: la coherencia interna.
Cuando vemos una serie, nuestro cerebro firma un contrato invisible con el creador. Exigimos que las piezas encajen, que haya causa y efecto, que los personajes actúen según un patrón lógico, unas reglas. La vida, en cambio, es un escritor perezoso y probablemente adicto a alguna sustancia ilegal al que le dan igual los arcos de personaje y las tramas. Funciona a base de puro caos, de coincidencias absurdas y de ruedas de prensa dadas por error en el aparcamiento de una empresa de jardinería entre un sex-shop y un crematorio (sí, esto también pasó, os dejamos adivinar dónde).






