Cuando, hace unos meses me enteré de que se estrenaba una secuela de El diablo viste de Prada, mi primer impulso fue poner los ojos en blanco con tanta fuerza que casi veo mi propio cerebro. Reconozco que incluso sentí un poco de envidia por esas almas cándidas que, antes de ver la nueva entrega, verán la película de 2006 por primera vez, sin el