Durante días, la casa de Vicky Micha Levy se fue vaciando poco a poco. Descolgar todos aquellos cuadros no solo suponía dejar las pareces vacías. También suponía desmontar numerosos recuerdos ligados a ellos. Y ella lloró. «La pasé fuerte empacándolos», confesó durante la inauguración de Rebeldías vanguardistas del siglo XX, la exposición que Fundación Casa de México en España dedica a la colección familiar.
La sensación que provocó aquel llanto tenía una profunda razón de ser. Y es que la colección Vicky & Marcos Micha Levy nunca vivió encerrada en almacenes ni repartida entre depósitos. Las obras estaban en las habitaciones, en los pasillos, junto a los sillones, formando parte de la vida cotidiana. Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Rufino Tamayo, Francisco Toledo o Mathias Goeritz convivían con los sonidos domésticos, compartían sobremesas, desayunos y confesiones de la familia.
Por eso trasladar más de cien piezas a Madrid no era simplemente organizar una muestra. Era trasladar parte de una vida a una sala de exposiciones.
Hasta el 31 de mayo, Fundación Casa de México en España presenta por primera vez en Europa una selección de obras de una de las colecciones privadas más singulares de México. Pero Rebeldías vanguardistas del siglo XX no funciona únicamente como una sucesión de grandes nombres del arte moderno mexicano. También es el retrato íntimo de una familia que convirtió el coleccionismo en una manera de habitar el mundo.

«Todo está desplegado, todo está vivido», resumía durante la inauguración la curadora Taiyana Pimentel, directora del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO), institución que acogió la primera gran muestra de la colección en 2023.
Aquella exposición llevó la relación entre arte y vida cotidiana hasta el extremo. El museo llegó incluso a reconstruir parte de la vivienda familiar dentro de las salas. «Mi mamá entró directamente al salón reconstruido, se sentó y dijo: «Yo aquí recibo»», recordaba entre risas Moisés Micha.
La escena resume bastante bien el espíritu de una colección que nunca se construyó desde la distancia reverencial ni desde la lógica del mercado, sino desde el entusiasmo de alguien que necesitaba convivir con las obras.
«Mi padre fue un coleccionista atrevido, visionario y con mucha pasión», explica Moisés Micha. Marcos Micha Levy comenzó a coleccionar en los años setenta y llegó incluso a abrir una galería en Ciudad de México. Aunque la aventura duró poco. Según relató la propia familia durante la inauguración, el problema era simple: se enamoraba demasiado de las piezas como para venderlas después.
«No puedo ser borracho y cantinero», terminó admitiendo antes de abandonar el negocio, recordaban entre risas sus familiares.
Esa mezcla de intuición, investigación y pasión atraviesa toda la exposición madrileña, pero también una determinada manera de entender la modernidad mexicana. Porque Rebeldías vanguardistas del siglo XX no plantea una lectura lineal ni académica del arte mexicano del siglo pasado. Más bien propone un recorrido lleno de desvíos, conexiones y figuras menos previsibles.
La muestra arranca con nombres fundamentales del muralismo como Rivera o Siqueiros, pero pronto desplaza la mirada hacia otros artistas que expandieron la modernidad mexicana hacia territorios más híbridos y menos nacionalistas. Ahí aparecen figuras como Nahui Olin, Manuel Rodríguez Lozano, Roberto Montenegro o Miguel Covarrubias.
El inventor de las entrevistas imposibles
«La colección Micha en su investigación por la modernidad se desplaza hacia esas otras figuras que realmente no son las más conocidas», explicaba la curadora durante la inauguración. En el caso de Covarrubias, el interés va mucho más allá de su faceta como ilustrador o caricaturista. «Era un gran intelectual», recordaba Pimentel. «Yo lo estudié a través de sus ensayos durante mi maestría en México».

La exposición reúne más de cincuenta piezas del artista pertenecientes a la colección familiar y lo presenta como una figura difícil de clasificar: antropólogo, cronista cultural, dibujante, viajero y observador obsesivo de la modernidad mucho antes de que las disciplinas empezaran realmente a mezclarse. Mientras el muralismo construía grandes relatos nacionales, él prefería moverse entre Nueva York, Harlem, Bali y las páginas de Vanity Fair.
«Allí desarrolló sus capacidades artísticas al máximo», explica Moisés Micha. «Entendió las vanguardias del siglo XX y se mantuvo global desde muy joven».
Especialmente llamativa resulta su serie Entrevistas imposibles, publicada en los años veinte y treinta, en la que hacía dialogar mediante caricaturas a personajes históricos que jamás podrían haberse conocido en la vida real. Una mezcla de sátira, ficción, periodismo visual y collage temporal que hoy resulta sorprendentemente contemporánea.

«¿Si anticipaba formatos actuales? Absolutamente», responde Micha.
Vista desde hoy, la obra de Covarrubias parece moverse cómodamente entre la caricatura política, la cultura pop y algo muy parecido al lenguaje meme. Mucho antes de internet, ya había entendido que la cultura también podía construirse desde el humor, la mezcla y el cruce improbable de referencias.
Ese diálogo entre distintas formas de modernidad atraviesa toda la exposición. Taiyana Pimentel conecta a Tamayo y Toledo, rastrea la influencia de París sobre distintos artistas mexicanos y muestra cómo la modernidad mexicana nunca fue un bloque homogéneo, sino una conversación llena de tensiones, fugas y contradicciones.

Quizá por eso la colección Micha Levy resulta tan particular. Porque no parece construida desde la voluntad de completar un catálogo de grandes nombres, sino desde la curiosidad permanente. Desde el deseo de entender cómo México negoció su entrada en la modernidad artística.
Y también desde algo bastante menos habitual en el mundo del coleccionismo: el afecto.
Ese afecto atraviesa toda la exposición madrileña. Está en las obras, en las anécdotas familiares, en la emoción visible de Vicky Micha Levy al hablar de Marcos y en la manera en que los hijos continúan ampliando e investigando la colección.
«Es una colección viva», repetían durante la inauguración.
Y probablemente ahí esté la clave. No solo en las piezas expuestas, sino en la sensación de que, durante décadas, el arte no ocupó simplemente las paredes de una casa. También terminó formando parte de la familia.






