El paisaje de la vida cotidiana se va formando a base de juntar parcelas. El paisanaje de la oficina, el bar de toda la vida, la liga de fútbol senior, los padres del colegio, el gimnasio, las barbacoas… Y también hay una parcela, vallada, donde el único motivo para juntarse es el pis y la caca de los perros. Lo llaman pipicán para darle un aire divertido e inocente, pero es básicamente un parque-cagadero.
Para alguien observador de la vida es un filón. Es como un parlamento donde se juntan personas que no se juntarían jamás de no mediar algo tan fisiológico y democrático.
Igual que los perros primero se huelen, los dueños también se tantean. ¿Muerde?, ¿es bueno? ¿Qué le das de comer? Al tercer o cuarto día, seguir hablando de las ñoñerías de cada perro les parece insuficiente y muchos tienden a pasar pantalla.
¿Cuánto tiempo podemos mantener una relación insustancial y vacía? Yo podría hacerlo indefinidamente sin profundizar ni sentir que he hecho nuevos amigos. Pero el pipicán es un foro abierto y la gente que sufre incontinencia verbal no soporta el silencio.
Así, en los últimos meses, desde mi posición callada y distante, me han regalado intimidades que no necesitaba saber, me han contado líos matrimoniales, los preparativos de una boda o viajes insoportablemente detallados. Recetas con gramajes, temas médicos, compras de coches, problemas con jefes.
Me han contado goles de Vinicius recreando físicamente toda la jugada, cada movimiento, dibujando imaginariamente en el espacio dónde estaban el defensa 1, el defensa 2 y el defensa 3, dónde la portería; y luego haciendo en cámara lenta el patadón en el aire que acabó en gol…

Me han explicado, calle por calle, cómo llegar a un restaurante que me recomendaban, y qué pedir. Restaurante cuyo dueño, a pesar de que había tenido problemas, era un gran cocinero. Aunque luego, bajando la voz, en un gesto claro de amistad sincera y de confianza, me confesaban que era en realidad la mujer la que había tenido problemas porque le gustaba mucho ir al gimnasio a bailar zumba y parece que había algún asunto raro ahí. Y, por cierto, justo ese gimnasio que salió en Telemadrid hace poco porque habían grabado imágenes en los vestuarios o algo así… Y de esa manera, enlazando temas, regalando titulares, derrochando red de contactos y espíritu periodístico…
He visto cosas increíbles en móviles ajenos. Un pipicaner me quería enseñar algo, una foto. Y mientras la buscaba en su galería, me llevaba de izquierda, a derecha, arriba, abajo… Y, mientras, yo, sintiéndome increíblemente incómodo, iba viendo pasar fiestas de cumpleaños, fotos de gente mayor, intimidades varias, comidas, salones y vidas cotidianas, una falda en un escaparate, una portada de un libro… Recuerdo haber visto fugazmente una mujer dormida, esparcida de forma indecorosa en un sofá de rayas, que seguro que era su mujer… pero rápidamente saltamos a una llave de paso del gas, un atardecer insulso, capturas de WhatsApp, un selfi en baño cutre, un grano explotado….. Un viaje por la galería de fotos de un extraño es una experiencia desapacible, intrusiva, es como ver su desnudo vital. Pero ni el más mínimo pudor por parte del susodicho.
Si me paro a pensarlo, algunas personas han cometido conmigo revelación de secretos profesionales, quizás secretos de Estado; no exagero. También me han desvelado de forma discreta, casi al oído, el verdadero motivo de la separación de Bertín Osborne, los apuros económicos de Florentino y el próximo movimiento político de Sánchez que, obviamente, no voy a compartir aquí.
He conocido gente bipolar con una actitud denterosa y una forma de hablar a los canes cursi y empalagosa que, de pronto, muta en sargento de hierro y casi da miedo cuando le ladran al perro «¡mírame cuando te hablo!».
En general, creo que hay un gran déficit de charleta. De esparcimiento. Y el momento pipicán es una terapia para algunos. Un espacio cerrado pero abierto, lleno de cariño a los animales y de caca, donde poder explayarte y estar con gente a la que en realidad no te une nada… y por eso todo lo que pasa allí no sale de ahí.
Y también creo que, si se estudiara un poco más científicamente, podría ser un gran foro de análisis, un retrato social que demográfica y estadísticamente sería más fiable que el CIS. Porque no hay sesgos, no hay pudor y no hay guion.






